
Historia de una renuncia
Era enero. Las cosas en el trabajo iban como solían ir: había trabajo, entregaba con el cliente y todo marchaba bien. Ya llevaba casi un año con el cliente más fuerte de la empresa y estaba a gusto. El proyecto consistía en generar reportes, dashboards, un sistema muy custom de agrupaciones, cálculo de campos y comisiones. Era lo suficientemente complejo como para mantenerme entretenido, pero tampoco era algo excesivamente agresivo de trabajar.
Aunque, bueno... ¿qué cosa realmente me resultaría imposible? Lo agresivo siempre es el inicio; después agarras ritmo, entiendes qué está pasando, entiendes el flujo y casi siempre llega la calma.
En fin, tenía juntas esporádicas con el cliente, además de las ya agendadas, para poder desbloquearme cuando era necesario, y considero que estaba contento con el trabajo.
Todo iba relativamente bien. No creo que pudiera seguir creciendo donde estaba, sobre todo en cuestión de sueldo, hasta que un día me agendaron una llamada. Había un enlace a una evaluación de desempeño.
Y cuál fue mi sorpresa.
Además de una calificación —que realmente no me preocupaba— había varias anotaciones. Mi contrato nunca especificó un horario fijo; únicamente atender las cosas urgentes y realizar los entregables. Sin embargo, no estaban conformes con que organizara mi trabajo de una manera flexible.
Si realmente hubiera hecho tan mal las cosas, no habría permanecido un año con ese cliente. Incluso hubo un momento en el que estaban por perder las llaves de integración de uno de los sistemas más importantes de su empresa, y desarrollé todas las herramientas necesarias para que pudieran depurar la información a tiempo. Todo salió bien.
Pero también había observaciones sobre mi cantidad de líneas de código.
Supongo que podía pedirle al prompt que dejara de crear clases y funciones compartidas, olvidarnos de componentes reutilizables y escribir todo repetido. Si ese era el criterio que querían medir, podía hacer que se viera así.
Y al final del documento había una nota: si esto no mejoraba, podían reducir mis horas o finalizar el contrato.
Mmm... esa parte fue la que realmente me hizo ruido.
No porque existieran consecuencias. Eso es normal. Sino porque nunca hubo una llamada de atención previa, una conversación o un "oye, esto nos gustaría verlo diferente". Simplemente apareció esa advertencia.
En mi cabeza aquello dejó de sentirse como retroalimentación y empezó a sentirse como un mecanismo de presión.
Entonces ese día ya no trabajé más.
Algo me explotó en la cabeza.
Yo quería un mejor sueldo y sabía perfectamente que ahí ya no había forma de crecer. No importaba cuánto te mataras trabajando, cuántas horas extra hicieras o cuántos proyectos tomaras. Simplemente no era un camino que propiciara ese crecimiento.
Y lo entiendo. Es una empresa. Las empresas buscan ser rentables.
Pero entonces empecé a pensar en mí.
Tengo dinero ahorrado. No tengo deudas.
Quiero construir lo mío, pero no he podido. El estrés no me deja pensar. Si renuncio tendré tiempo... pero al mismo tiempo mi cabeza me tortura porque dejar un trabajo estable da miedo.
Pero tampoco quería seguir ahí.
Y ahora mi propia cabeza ya me lo estaba gritando.
"Pero no es un mal trabajo. Pagan lo suficientemente bien."
Entonces me pregunté algo que me incomodó.
¿Soy un esclavo del dinero?
¿Mi persona tiene un precio?
¿Dónde está esa libertad que va más allá del dinero?
¿Dónde está esa felicidad de hacer cosas que realmente se alinean con tus objetivos?
Porque mi objetivo era crecer, y sentía que ese camino ya no daba para más.
Y entonces pensé:
"Gracias... en serio."
Porque esa evaluación terminó haciendo evidente un ruido interno que llevaba mucho tiempo ignorando.
Ya no soportaba la idea de quedarme.
¿Y qué voy a hacer?
Voy a apostar por mí, como lo solía hacer.
Voy a hacer lo que haga falta.
Voy a regresar a mi camino.
Necesito seguir mi camino.
Entonces llegó la junta.
Me empezaron a explicar cómo había sido la evaluación y el porqué de las calificaciones.
Después me preguntaron:
—¿Tienes algo que decir?
Les respondí:
—En habilidades blandas o trabajo en equipo podría estar de acuerdo. Es debatible, pero lo acepto. Respecto al área técnica, no estoy en absoluto de acuerdo, aunque realmente eso no me concierne.
Me respondieron:
—Claro que te concierne.
Y les dije:
—Mira, ahorita estoy entendiendo, con lo que me explican, qué es lo que quieren ver para mejorar mi evaluación. Y puedo hacer que se vea así. Porque el problema no es que yo no pueda hacerlo; el problema es que sus criterios de evaluación miden cosas distintas a las que yo considero importantes. No siento que esté trabajando mal. Ahí está el cliente contento. Hace un rato incluso mandó un mensaje felicitándonos por el excelente trabajo, y prácticamente soy el único desarrollando ese proyecto.
Me respondieron:
—Sí, y también aquí en las anotaciones decimos que has cumplido...
Entonces los interrumpí.
—Mira, te la voy a ahorrar. No estoy de acuerdo y tampoco creo que esta conversación cambie algo. Esto podría ser una conversación de retroalimentación, pero para mí ya no lo es. La forma en que está planteada, junto con la advertencia al final del documento, hizo que tomara una decisión. Y yo, ni en mi vida personal ni en mi trabajo, quiero hacer las cosas bajo esa sensación.
Respiré unos segundos.
—Por eso he tomado la decisión de renunciar.
Hubo unos tres segundos de silencio.
Recuerdo perfectamente sus caras de sorpresa.
Después dijeron:
—Pero... en tu contrato...
—Sí, sé perfectamente lo que dice mi contrato. Dice que debo avisar y permanecer diez días, pero no especifica que sean días laborales. Estoy abierto a documentar y terminar lo que venia realizando antes de irme.
Otro momento de silencio.
Finalmente respondieron:
—Lamento mucho que hayas tomado esta decisión. Esta junta no era para llegar a esto.
Y respondí:
—Lo sé. Pero ya era tiempo. Muchas gracias.
Y de verdad...
Muchas gracias.
Tenía muchísima incertidumbre sobre lo que iba a pasar después. No sabía si conseguiría otro trabajo. Después de casi seis años uno termina acostumbrándose.
Mis compañeros nunca fueron el problema ni el cliente. De hecho, me caían muy bien. Extraño escuchar sus voces en las llamadas y trabajar con ellos.
Pero ya no había espacio para seguir creciendo.
La decisión estaba tomada.
Y ahora solo quedaba una cosa.
Agárrate bien.
Sigue caminando.
Todo va a estar bien, Jesús.

