Despacio, que llevo prisa: Dejar de actuar por miedo para volver a disfrutar el viaje

Despacio, que llevo prisa: Dejar de actuar por miedo para volver a disfrutar el viaje

•Francisco

Es una pregunta constante a lo largo de mi vida. A veces cambia la forma, pero en esencia siempre es la misma: ¿Por qué quiero un mejor trabajo? ¿Por qué busco un mejor sueldo, más inteligencia, mejores habilidades, un certificado, un título o una maestría? ¿Para qué?

En realidad, lo que quiero es una vida llena de significado. Quiero una vida en paz; ese es el verdadero matiz de fondo.

Pero entonces aparece esa voz interna: "Tienes tu trabajo, tu emprendimiento y, además, este otro proyecto en tu tiempo libre. ¿Es por dinero?" Pues sí, de una u otra forma he aprendido que el dinero siempre es útil para los momentos difíciles. Pero, ¿por qué estoy tan aferrado a que mis decisiones giren alrededor de la adversidad? Los momentos difíciles llegan, quieras o no. La verdadera pregunta es: ¿por qué no disfruto más de los buenos momentos? ¿Por qué no me doy tiempo de saborear los buenos ratos?

¿Por qué no elijo simplemente estar en paz?

Al final me he dado cuenta de que el desvelo, el insomnio, las preocupaciones, la tristeza y la rabia son estados que habitan dentro de mí. Yo puedo elegir qué quiero para mi vida y qué quiero sentir. Si lo que busco es paz, no tengo por qué esperar a conseguir el siguiente gran logro. ¿Cuántas metas no he alcanzado ya? ¿Cuándo voy a detener este mecanismo —increíblemente útil para moverme, sí, pero impulsado por el miedo—? ¿Cuándo voy a disfrutar del viaje de construir, o del viaje en sí mismo?

Si quieres ayudar a los que quieres, no tienes que esperar: hay miles de formas de hacerlo hoy. Si quieres empezar a pintar, no tienes que esperar. Si quieres subir a un volcán, compra el boleto y ve. ¿Qué estás esperando para sentirte en paz?

Me cansé de usar el miedo como motor. Ese combustible tiene un límite; no te deja descansar, y si no descansas, te vuelves más lento. Tres horas con el cerebro descansado rinden infinitamente más que doce horas mal dormido y de mal humor para resolver problemas de lógica o programación. E incluso en el trabajo físico: si estás fatigado del día anterior, no rindes igual. Hasta el cuerpo exige tregua.

Entonces, ¿qué sistema nos permite avanzar, disfrutar y estar en paz?

Recordé algo que solían decir mi abuelo y mi bisabuelo sobre Napoleón Bonaparte. Decían que cuando lo vestían y tenía prisa, le decía a sus sirvientes: "Despacio, que llevo prisa". Qué frase tan potente. Ahí está la clave.

Si actúo y me muevo despojándome del miedo, simplemente porque quiero hacerlo, el ritmo cambia. Si ejecuto con calma, sin presionarme pero con constancia, logro mucho más. Es como proponerse caminar durante horas y de pronto exigirse correr: correr te va a quemar muy pronto, pero caminando —tomando descansos y admirando el paisaje— puedes llegar mucho más lejos. Tal vez no tan rápido, pero con la energía suficiente para repetirlo al día siguiente.

Es similar a esa sensación cuando estoy entrenando o en un combate y logro desconectarme de las emociones para dejar que el cuerpo fluya. Sin movimientos innecesarios, permito que el cuerpo conduzca los golpes y la defensa, y todo parece tornarse en cámara lenta. Pero si le metes ira o miedo, esa magia se rompe. Como decían en El último samurái: "Demasiada mente. Deja que el cuerpo actúe".

El miedo nos lleva a sobreplanear, a intentar tomar siempre la "decisión perfecta". Pero pensar demasiado consume un tiempo valioso. La realidad es que no necesitas tener absolutamente todo bajo control. Planear es bueno, pero no te quemes ahí: toma acción, disfruta el proceso y no mires atrás ni te arrepientas. Pasar a lo siguiente es mil veces mejor que quedarse atrapado eternamente en cuál es la mejor opción.

Ahora sé lo que quiero y tengo una idea de cómo conseguirlo. Ya le dediqué tiempo a la estrategia; toca saltar a la acción. Y lo más importante en este proceso es entender que hay cosas que tomarán tiempo. Cuando lo note, no me frustraré: simplemente entenderé que el camino es más largo, pero que sigo avanzando.

Suelo pensar en la paz y en el deseo. Para el budismo, alcanzar la plenitud consiste en no esperar nada y no desear nada. Sin embargo, me atrae más la perspectiva estoica: el resultado no nos pertenece, solo nuestro esfuerzo. Bajo esa consigna, me propongo disfrutar cada etapa del proceso y cada faceta de mi vida; aprender a amar el esfuerzo, pero también a disfrutar del descanso. Estar presente en lo que hago y, cuando termine, soltarlo.

Sigo aprendiendo a amar mi sudor, a disfrutar el calor del sol mientras camino bajo él, y a valorar aún más la llegada a una cascada para nadar en sus aguas, saltar desde el risco y sentir el aire. Me doy un respiro para hacerme consciente de lo que he recorrido y de dónde estoy parado, manteniendo siempre al margen la arrogancia, dispuesto a tender la mano a quien lo necesite y a quien merezca la ayuda.

El insomnio casi se ha ido. El estrés te puede matar en vida. Uno puede tener mil problemas en la cotidianidad, pero en el momento en que pierdes la salud, de repente solo existe un problema.